“Como dice Adam Smith, un individuo que intenta solamente su propio
beneficio, es conducido por una mano invisible a alcanzar un fin que no formaba
parte de su intención; en la declaración de independencia, escrita por Thomas
Jefferson para expresar el sentimiento general de sus compatriotas. Proclamo
una nueva nación, la primera en la historia regida por el principio de que cada
persona tenia derecho a perseguir sus propios intereses; a lo que consideramos
que todos los hombres han sido creados iguales, que su creador les ha dotado de
derechos inalienables; como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”
Libertad de elegir, Milton & Rose Friedman 1980
Estaba sentado en el parque Santander, allí donde convergen el Museo del Oro,
el Banco de la República, la Gobernación de Cundinamarca y por supuesto, la
Iglesia de San Francisco, que para antes de la carta del 91 era quizá el lugar
más importante de estos alrededores bogotanos; fue allí cuando se sentó a mi
lado un anciano, de traje y chaleco, de los de antes, con un radio escuchando
atento la W, a Julio Sánchez Cristo casi que regañando al viceministro de
hacienda Luis Alberto Rodríguez, mientras este explicaba la ley de financiamiento.
Las intenciones del periodistas se basaban en que se aceptara la influencia de
los ingenios azucareros en la propuesta del ministerio, por no haber gravado
las gaseosas y poner en duda los mecanismos de devolución del IVA a los pobres;
el anciano decía furibundo “pero déjalo hablar”, y en la radio solo se
escuchaban agudas palabras de críticas infundadas y apegadas a pequeños errores
a la hora de expresarse por parte del viceministro.
Me distraje por un momento, cuando de repente escucho el radio caer, el
anciano lo había tirado con cólera, me miró y me dijo “¿Quién dijo que las
reformas tributarias eran para el agrado de todo el mundo? simplemente no son
populistas, no están basadas en suposiciones, sino que están planteadas bajo
las verdaderas necesidades del país” a lo que quedé estupefacto, no sabía qué
decir, pero le termine preguntando si estaba de acuerdo con que se grave la
canasta familiar, a lo que respondió “En realidad muchos de los productos ya
estaban gravados, lo que se quiere es la unificación del tributo al consumo a
un solo porcentaje, inicialmente de 18 %, con un desmonte gradual a 17 %” su
punto de vista era válido, pero no lograba entender la necesidad de un
porcentaje único, al día de hoy no después de publicar esta columna,
aun no lo comprendo.
Iba tarde para la universidad, hubiese cogido metro, pero al parecer no se ha
construido, y pensar qué hay un gerente del metro del Bogotá. Mientras caminaba,
entré a un almacén de cadena, de aquellos que son grandes contribuyentes,
verdaderos retenedores, a quienes son llamados a que dinamicen nuestra economía,
pues la clase media se converge allí, y será donde pagarán a partir del
siguiente año fiscal, un 18 % por cada producto comprado. Curiosamente, me
encontré a una persona de traje Tommy Hilfiger y Ferragamo, ante mi mirada
estupefacta su reacción se resumió a decirme “los vehículos de inversión ya no me
ayudarán a un menor pago de impuestos, además, a estos también los gravaron, me
va a aplicar una tributación por pagos en el exterior, reapareció el impuesto
al patrimonio, con la normalización ya me habían clavado, esta vez me tocará juntarme
con la guacherna, ir acostumbrándome quizá a la austeridad”. Mientras pagaba, una
madre cabeza de familia, renegaba que la reforma estaba hecha para los ricos y
las empresas, mientras a ella solo le cobraban cada día más y más.
Me fui tomando una gaseosa de $1.200 COP, más barata que una botella de
agua, gracias al ingenio azucarero, y solo pensaba ¿será que esa mujer está en
familias en acción?, ¿o quizá paga menos servicios públicos domiciliarios por
el subsidio a los estratos uno, dos y tres?. Con el hueco fiscal que tenemos
hoy, producto no solo de una mala administración de Santos o Uribe, sino también
de un país que nada en corrupción, o por lo menos en la ignorancia. Por ejemplo,
Simón Gaviria no sabía leer mientras ocupó la presidencia de la cámara de
representantes; en fin, me quedé pensativo, pues a esa madre cabeza de familia,
de no pasar la ley de financiamiento en el Congreso, cada subsidio de los
cuales no tenia idea era beneficiaria, se acabarían para ella.
Increíble que apenas llegué a clase, mi profesor de derecho laboral
colectivo, presidente gremial, exasperado nos decía que la ley desincentivaba a
su gremio, lo dejaba por el piso, le subía precios y simplemente era menos
competitivo.
La verdad, creo que esta reforma es monista, se basa en un único principio
y es que nadie está contento con ella, pero que fácil es decir “voy a bajar
impuestos y le daré educación gratis a todos” forjando bajo los ideales de una
Colombia Humana, sin mirar la realidad del país.
¡Ah! Por cierto, ¿Qué hace el titiritero criticando la reforma tributaria
de su marioneta? ¿ánimos de incendiar en privado y apagar el fuego públicamente
para quedar como el mecías? No el iletrado presidente del congreso, ese es
Macías.

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